Asimov y la bomba atómica




Por Cristián Londoño Proaño


La bomba atómica que fue desarrollada por los Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial, gracias al proyecto Manhattan, es trascendente en la historia de la ciencia ficción, lo afirma el maestro Isaac Asimov, en uno de sus ensayos titulado: «Cómo llegó la ciencia ficción a ser un gran negocio».

Primero, hay que considerar que en las décadas anteriores a 1945, la ciencia ficción era considerada como un entretenimiento para jóvenes. Se lo veía como una literatura banal que trataba sobre platillos voladores, naves interplanetarias, extraterrestres y aparatos extraños. Isaac Asimov dice que: «Cuando empecé a escribir ciencia ficción, los temas que interesaban a los escritores de ciencia ficción le parecían risibles y ridículos a la mayoría de la gente «sensata»». Es decir, la ciencia ficción no tenía una reputación de ser un genero sólido y real.



En la década de los veinte se publicó la revista de Hugo Gernsback y contó con varios seguidores. En 1938, se puso en circulación la revista «Astounding Fiction». Su editor John Campbell motivó -en otros casos, obligó, así lo dice Asimov- a varios alumnos de ingeniería a escribir relatos. Esto hizo que la ciencia ficción que se escribió con Gernsback era menos científica que la que se escribió con Campbell. En la época campbelliana hubo apego a la ciencia. Precisamente en esta época, varios autores escribieron relatos relacionados a la fabricación de armas de destrucción masiva. A través de la técnica de la extrapolación, los escritores especulaban sobre el fenómeno de la fisión nuclear. Consideramos que la base de la bomba atómica es la fisión nuclear de un núcleo pesado en elementos más ligeros mediante el bombardeo de neutrones.

En las décadas anteriores a 1945, los relatos y novelas del genero circulaban en las revistas tanto aquellas que tenían cierta reputación y como, las denominadas revistas pulp. Se carecía de antologías serias. El genero era respetado por su propio ghetto y un grupo pequeño fuera de él.

En la madrugada del 6 agosto de 1945, el avión llamado “Engola Gay” de bandera norteamericana surcó en los cielos del Océano Pacífico, dirigiéndose hacia el archipiélago de Japón. En dicha aeronave se armó una atroz arma de destrucción masiva llamada «little boy». Los militares japoneses detectaron la aeronave en sus radares, pero consideraron que no podía hacer mayor daño y dieron aviso de que los habitantes de Hiroshima se ocultaran en los refugios antiaéreos. El avión soltó a «little boy». Pocos minutos después, un hongo candente devastó Hiroshima.





La bomba «little boy» mató a millones de japoneses y fue vista con escalofrío por el mundo entero. Nadie había visto hasta fecha tanto poder de destrucción masiva. El ataque nuclear de los Estados Unidos ocupó los principales titulares de la prensa internacional y puso fin a la Segunda Guerra Mundial. Pero, este suceso fue un hecho clave para la ciencia ficción. Isaac Asimov comenta en su ensayo: «Esto no significó que todo el mundo se pusiera de pronto a leer ciencia ficción, pero sí significó que la ciencia ficción, de una vez para siempre, dejara de ser considerada como un disparate». Gracias a una atrocidad, la ciencia ficción había logrado respetabilidad. 

Esta respetabilidad hizo que las grandes editoriales vieran una gran oportunidad. Al año siguiente se publicaron extensas antologías de relatos de ciencia ficción de editoriales de prestigio como Random House. En 1949, Doubleday y Compañía comenzó a publicar novelas de ciencia ficción. En los primeros años de la década de los 50s hubo un creciente auge por publicar relatos y novelas del género.



El estallido de la bomba atómica hizo que, el público entendiera que la ciencia ficción era real, que los relatos que trataban sobre las implicaciones de las nuevas tecnologías no estaban alejados de la realidad, y que muchos de los planteamientos de los escritores del genero tenían consecuencias en la vida humana. Pero esta nueva respetabilidad del genero no le dio un inmediato reconocimiento, debió transcurrir un montón de décadas para que esto sucediera. 

Una novela que no dejará al lector despegarse de sus páginas




El escritor invitado. Esta crítica es originalmente escrita para "Ciencia Ficción, Fantasía y otras imaginaciones". La autora es María Alejandra Almeida, escritora y abogada ecuatoriana. Su primera novela "La habitación secreta" fue publicada por Editorial Norma.




Cristián Londoño Proaño, escritor, guionista, productor y realizador audiovisual ecuatoriano, publicó en noviembre del 2015 su segunda novela de ciencia ficción, titulada Underbreak, la cual está concebida con un estilo de escritura rápida y envolvente (similar al de su primera novela en este género, Los Improductivos), permitiendo a los lectores sumergirse en la historia sin problema y devorar las páginas a toda velocidad.


Underbreak




Antes de iniciar la reseña de Underbreak, me permitiré citar una definición de “ciencia ficción” publicada en el artículo de Guillem Sánchez y Eduardo Gallego (2013): “¿Qué es la ciencia ficción?”.  Los autores, a manera conclusiva en su artículo, establecen que la ciencia ficción:


“(…) es un género de narraciones imaginarias que no pueden darse en el mundo que conocemos, debido a una transformación del escenario narrativo, basado en una alteración de coordenadas científicas, espaciales, temporales, sociales o descriptivas, pero de tal modo que lo relatado es aceptable como especulación racional”.

La ciencia ficción es, sin duda, un género narrativo. Este género ha sido poco o escasamente trabajado en Ecuador, y me atrevería a decir que también en Latinoamérica. Es por eso notable la propuesta literaria que nos presenta Cristián Londoño Proaño, con Underbreak.

Underbreak



La novela, partiendo del concepto citado, exhibe una trasformación clara del mundo que conocemos. La historia se desarrolla en un contexto futurista, donde las corporaciones se han declarado “territorios libres”, donde un ciudadano puede ser “tanto civil como corporativo”, dónde “todos deben cumplir las leyes y regulaciones del Gobierno Terrestre Unificado” y dónde la justicia es “absoluta”.


En este mundo, y específicamente en New Pacific, una ciudad construida de forma hexagonal sobre un islote artificial en el Océano Pacífico, habitan secretamente los “Shadows”, ejecutores de las sentencias de pena de muerte de la Corte de Justicia Terrestre en los territorios corporativos, quienes reciben un entrenamiento riguroso para no sentir y olvidar las emociones, en miras al eficaz cumplimiento de su trabajo.

Underbreak



JD Bellow es miembro de este grupo secreto, y recibe una orden para asesinar al ciudadano corporativo Miko Kurosawa, debido a que se le ha encontrado culpable del asesinato de una renombrada científica.

Sin embargo, Bellow es visitado poco después por una peculiar adolescente adicta a la pentadrona, quien dice ser una médium y haber recibido un inesperado mensaje de su fallecida esposa, Ahmed. El mensaje es claro: “Di a JD que no cumpla su misión”.




A partir de este momento y pese al implacable entrenamiento de Bellow para no dejarse llevar por sus emociones, la trama tomará un giro inesperado, que no dejará al lector despegarse de sus páginas.


Leer Underbreak implica, por tanto, adentrarse en una sociedad que convive con androides concebidos para diversos fines (incluidos los sexuales), donde la necesidad humana por la búsqueda de la espiritualidad sigue presente y donde los avances tecnológicos han permitido crear una máquina peligrosa (que da origen al nombre de la novela), el Underbreak, cuyas aplicaciones podrían ser devastadoras para la humanidad, al permitir el control de las emociones y los recuerdos.

Todo este escenario se relata con una aceptable especulación racional, lo que es determinante en la ciencia ficción, y nos permite hacer un ejercicio de reflexión y preguntarnos: ¿puede esto depararnos el futuro?

Mi respuesta personal, después de leer el libro es sí. Pero realmente espero que el futuro no tome ese rumbo jamás… o que en él exista un Shadow que pueda frenarlo.

El futuro paranoico en un espejo negro




Por Cristián Londoño Proaño


¿Un obra artística contemporánea puede infringir todos los límites? ¿Un planeta con escasez de energía puede mantenerse sólo con las rutinas que consideramos sanas? ¿Qué sucedería si podríamos grabar toda nuestra vida, de modo que podamos revisarla minuto a minuto y no nos gustara algunas imágenes? ¿La realidad es un inmenso reality show?… Estas fueron algunas de las preguntas que me planteé luego de mirar la serie televisiva «Black Mirror». Desde el mismo hecho que una serie de televisión te haga reflexionar sobre tu realidad inmediata, ya traspasa su propia naturaleza de entretenimiento.



«Black Mirror» es una serie británica creada y co-escrita por Charlie Brooker, producida por Zeppotron y dirigida por algunos directores, entre ellos, Brian Welsh, Owen Harris y Brynn Higgins. En una entrevista concedida al periódico británico «The Guardian», el creador de la serie señaló que: «cada episodio tiene un tono diferente, un entorno diferente, incluso una realidad diferente, pero todos son acerca de la forma en que vivimos ahora». Ciertamente, esta serie es atípica. Tiene cierta semejanza, guardando las distancias, a la serie norteamericana «The Twilight Zone», traducida al castellano como «Zona Desconocida», que se popularizó a finales de la década de los cincuenta e inicios de la década de los sesenta, donde, al igual que en Black Mirror, se narraba un cuento audiovisual de una historia de ciencia ficción. «Black Mirrior» toma esta idea y la adopta a las lógicas de un futuro próximo o quizás la descripción de un mundo del multiverso. En «The Twilight Zone» había un presentador que invitaba presenciar la serie y servía como hilo conductor de las historias, en cambio, en «Black Mirror» no tiene hilo conductor. En una entrevista para la revista SFX, Charlie Brooker confesó: «Hubo discusiones. ¿Lo localizamos todo en la misma calle? ¿Tenemos algunos personajes que aparecen en cada episodio, un poco al estilo de Three Colours: Blue/White/Red? Pensamos en tener a un personaje que los presentase, al estilo de Tales from the Crypt, o como Rod Serling, Alfred Hitchcock o Roald Dahl, porque la mayoría de las antologías lo tenían... Pero pensando en ello, nos dimos cuenta que sería un poco raro».


Esta serie británica, que ganara un Premio Emmy Internacional en el 2012, narra un futuro paranoico. En uno de los episodios, «The Entire History», las personas tienen implantes en los ojos, de modo que pueden grabar o revisar todo lo que ven. En el episodio se cuenta la historia de una pareja que tiene problemas de infidelidad. En esta realidad donde los protagonistas son partícipes de su propio «reality», no se puede mentir, no se puede ocultar la verdad. Se mira sin máscaras a las personas. La verdad es cruel. Pero, ¿acaso vale la pena descubrir la verdad que es preferible mantenerla oculta?


En otro episodio, «White Bear», se narra en un mundo alternativo. Un presente pero en otro multiverso. En el episodio, Victoria despierta en su cuarto y no conoce nada, todo es extraño. En un ejercicio de paranoia, asistimos a una mujer sin aparente memoria. Luego, advertimos que Victoria cumple un castigo por un crimen que cometió en parque-carcel y lo repite cíclicamente . Se vuelva a la idea de que la realidad puede ser un reality show, que las personas necesitan personalidades odiadas y adoradas. ¿Cuantas veces la sociedad puede hacer pagar a un criminal por su crimen? ¿Cuantas veces la sociedad puede juzgar un error de una persona? «Black Mirror» plantea que en ese mundo del multiverso, la muerte es un premio inalcanzable. 

Los guiones de la serie tienen un desarrollo parejo pero con ciertas fisuras, que quizás se pudo haber pulido en la etapa de preproducción. La tensión en los episodios es increscendo y enganchan al espectador. Y los finales son nada pomposos, celebérrimos, sin ambages.


Política, entretenimiento, amor, redes sociales, comunicación, son algunas de las temáticas que aborda la serie «Black Mirror». Todas se abordan desde un punto de vista rocoso, irregular. Esto hace que el espectador encuentre en la serie un reto. Precisamente, el reto de «Black Mirror» es plantear dilemas que no se resuelven en la trama y esto genera ansias al espectador. Este mecanismo se produce en cada episodio, donde el espectador vuelve a tener esperanza que los dilemas se resuelvan y no se resuelven, porque los deja al propio espectador.




«Black Mirror» es ciencia ficción, en su más amplia concepción, porque nos sitúa en un mundo conocido pero con cambios sociales, influenciados por la alta tecnología. Se juega sutilmente con la extrapolación. Parecería que los aparatos mostrados en la serie ya fueron diseñados en nuestro tiempo por algún genio chino. Y la serie nos advirtiera de su uso irresponsable.

La serie «Black Mirror» es mordaz, irónica y cruel. Esconde una critica robusta al sistema social, a la mediatización de la vida, a la era Facebook y Twitter. A darnos un tiempo para pensar en lo que estamos viviendo.

Underbreak: una novela que estremece





El blogger invitado. Esta crítica es originalmente escrita para "Ciencia Ficción, Fantasía y otras imaginaciones". La autora es Marcela Royo Lira, es escritora y educadora chilena.

Por Marcela Royo Lira


Estoy gratamente sorprendida por la nueva novela “Underbreak”, del escritor de ciencia ficción, Cristián Londoño Proaño. Una narración que atrapa el interés desde la primera línea, con un buen lenguaje y vocabulario. Se aprecia en este escritor la seguridad de su prosa, en la historia que quiere contar y con ella abrirnos los ojos al peligro de los grandes avances de la ciencia y la tecnología.


Underbreak tiene una escritura directa, ágil, muy amena, que fluye y guía al lector por el camino que el narrador-protagonista lo quiere llevar.



El autor nos introduce en un futuro poseedor de increíbles nuevas tecnologías, muchas de las cuales ya presagiamos hoy, donde la mecánica “mueve” al mundo, con una sociedad totalmente integrada a los nuevos artefactos.

A medida que se avanza en la lectura y nos hacemos partícipes de los acontecimientos de la historia narrada, el escritor va entregando datos sobre ese mundo futuro que sentimos muy cerca, por ende se nos hace familiar. Una prosa muy sensorial, sentimos esa ciudad “New Pacific”, la olemos, la visualizamos, prácticamente podemos palparla. 

La tensión, el suspenso se mantienen hasta el final, incapaces de soltar el libro. Sólo en las últimas líneas sabemos qué significa “Underbreak”, motor de la novela.




Como lectora sentí pavor al reconocer que nada de lo relatado está lejos de convertirse en realidad en un futuro muy próximo. Es el gran mérito de Londoño Proaño. Nadie queda impasible a su escritura. Tiene fuerza, estremece. Porque para allá se encamina nuestra sociedad, donde la inteligencia del hombre que crea o inventa con el propósito de hacer un bien a la humanidad termina, por el egoísmo, la maldad y el poder de unos pocos, en hacer mucho daño.



Underbreak, es una novela altamente recomendable, no sólo porque es entretenida, quizás su mayor mérito es hacernos ver el peligro de una sociedad que avanza a pasos agigantados en el mundo de la ciencia y la tecnología.